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Lo que se va, lo que deja, lo que llega

domingoferrandis1
hace 2 días
3 min de lectura

Me acuerdo de que cuando falleció mi madre empecé a limpiar su casa, que también era la mía. Como muchas personas, intentaba aferrarse a la vida a través de los objetos: fetiches cargados de memoria que no quería tirar porque pertenecían a algo vivido junto a alguien. Tenían un código, una especie de criptograma afectivo. Empezó a acumular tanto que casi no podías moverte entre tantos cachivaches; una suerte de síndrome de Diógenes emocional. Tras su muerte me puse a vaciar de recuerdos el hogar familiar, y aunque la mayoría fueran suyos, no era inmune sentimentalmente frente a ellos. Eran cajas y cajas, algo interminable. Como estaba metido en esa vorágine, no pensaba en que mi madre se había ido, ni en la historia detrás de lo que tiraba. Solo en limpiar, parapetado en esa tarea, huyendo del duelo. Era una manera de postergar la confrontación con el hecho de que quien me dio la vida dejó la suya.

Cuando aparentemente estaba recuperado, por trabajo llegué a Grecia. Estaba en Santorini, en un restaurante muy bonito al lado del mar. Un entorno idílico: de noche, con luna llena dibujando la montaña volcánica sobre las aguas calmadas. Me trajeron un pescado y pensé en mi madre: a ella le hubiera encantado vivir esto. Cuando iba a empezar a comer, un frío húmedo me paralizó. Una revelación instantánea, un darse cuenta. Como dicen los mexicanos: «me cayó el veinte». En ese preciso momento me di cuenta de que mi madre se había muerto. Habían pasado tres meses en los que no había procesado realmente su ausencia. Ahí me entró un bajón al ser consciente de la pérdida y palpé el vacío.


Muchas veces pasa eso: articulamos mecanismos de evasión hasta que llega el impacto de lo que se fue. Esta fue una despedida muy grande, pero puede ocurrir con una pérdida pequeña y sutil, como un cambio de lugar donde todo se transforma y te tienes que adaptar a la nueva vida sin ese espacio ni la gente con la que compartías tu día a día.


Por mi trabajo, me he tenido que acostumbrar a vivir fuera de la zona de confort. En cada proyecto trabajo en un lugar diferente; igual estoy un mes con un grupo de personas compartiendo una convivencia intensa, de cinco o seis horas al día. Algunas personas ocupan más espacio que otras, generas buenos vínculos o surge una amistad fantástica, o incluso una relación afectiva o sexual. Hay lugares que te fascinan y, cuando termina la producción, tienes que decir adiós a todo, hasta a ese café lindo al que te gustaba ir.


Cuando cierras algo, arrastras el cierre de otras tantas. Hay personas a las que no vas a volver a ver jamás. Al principio nos escribimos mensajes, pero con el tiempo esos contactos se van desvaneciendo. El adiós trae un nuevo hola. Vuelvo a abrir otro mundo en otra ciudad, con otras personas, otras motivaciones y otros retos, y así llevo más de 25 años conviviendo constantemente con las despedidas y las bienvenidas. Toda la vida así.


A veces envidio a personas que tienen su entorno estable, y ellas me envidian a mí. ¿Curioso, no? Me acuerdo de cuando estuve en Toulouse: me llevaron a una imprenta artesanal de libros. El dueño nació en esa misma tienda de sus padres; se casó con una mujer que trabaja con él y ahora, con 80 años, siguen allí. Los puedes ver trabajar a través de las vidrieras del local. Toda la vida en ella. Pensé: «Guau», qué romántico. Supongo que también habrá tenido muchas renuncias, cosas que abandonó y pérdidas de personas, como todo el mundo, pero qué arraigo tan poético.



Domingo Ferrandis, director artístico y dramaterapeuta de DEMÉTER


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