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Deméter el mito

domingoferrandis1
hace 51 minutos
10 min de lectura

Deméter y Perséfone: el mito eleusino y sus variantes


Nota introductoria: El relato que sigue se basa principalmente en el Himno homérico a Deméter (siglos VII-VI a.C.), la fuente más completa y antigua del mito. Las secciones de datos y las notas sobre variantes posteriores (Apolodoro, Ovidio, Pausanias, Diodoro Sículo) están documentadas con precisión cronológica y filológica. La narración central es una recreación literaria fiel a la estructura del Himno, no una traducción literal.


I. Datos fundamentales: la diosa, el santuario y las fuentes


Deméter era, para los griegos, una de las divinidades más importantes del panteón olímpico: diosa del cereal, de la agricultura y del pan. El propio Himno homérico la llama hija de Rea y hermana de Zeus y de Hades. No hubo un autor que "inventara" a Deméter: es anterior a los textos. Lo que sabemos de su surgimiento proviene de tres fuentes: inscripciones muy antiguas, la arqueología de Eleusis y los poetas que escribieron sobre ella cuando ya era una diosa establecida.


Es posible que aparezca en lineal A, la escritura minoica de Creta, como da-ma-te en tres documentos de carácter religioso hallados en Arkalochori y en Citera (fechables en torno al siglo XV a.C.). En lineal B, el griego micénico (siglos XV-XII a.C.), hay un da-ma-te en una tablilla de Pilos, pero probablemente significa "casas" y no designa a la diosa. Sí se considera relacionada con ella si-to-po-ti-ni-ja, "Señora del grano", que sería una predecesora suya de la Edad del Bronce o uno de sus títulos.


Eleusis. El asentamiento se fundó hacia el 2000 a.C. Según el servicio arqueológico griego, su culto se introdujo en época micénica (hacia 1400-1200 a.C.), y el santuario adquirió carácter panhelénico en el siglo VIII a.C. En tiempos de Solón (principios del siglo VI a.C.) los misterios ya eran una de las grandes fiestas de Atenas. Bajo el Telesterion, la sala de iniciación, apareció un edificio micénico de hacia el 1200 a.C., el llamado Megaron B. Si era un lugar de culto o una vivienda sigue discutiéndose. La obra de referencia sobre este origen es Michael Cosmopoulos, Bronze Age Eleusis and the Origins of the Eleusinian Mysteries (Cambridge University Press, 2015).

Quién escribió sobre ella y cuándo:


  • Homero (siglo VIII a.C.): apenas la menciona. En la Odisea (5.125 y siguientes), Calipso recuerda su unión con Iasión.

  • Hesíodo (hacia el 700 a.C.): en la Teogonía (912 y siguientes), Zeus se une a Deméter, que da a luz a Perséfone, y Aidoneo se la arrebata con el permiso de Zeus. En Trabajos y días aconseja al campesino rezar a Zeus Ctonio y a Deméter antes de las labores de otoño.

  • Himno homérico a Deméter (siglos VII-VI a.C.): anónimo; en la Antigüedad se atribuyó a Panfo. Es la versión más completa del mito y el texto vinculado a Eleusis. La datación más probable se sitúa entre finales del siglo VII y mediados del siglo VI a.C. .

  • Fuentes posteriores: Pausanias, en el siglo II d.C., recoge en Arcadia versiones muy distintas. También tratan el mito Apolodoro (siglo II d.C., Biblioteca mitológica I 5, 1-3), Diodoro Sículo (siglo I a.C., Biblioteca histórica V) y, del lado romano, Ovidio (siglo I a.C.-I d.C.) en las Metamorfosis V y los Fastos IV, como Ceres y Proserpina.


La variabilidad del mito: un dato esencial. Las fuentes posteriores difieren en detalles importantes que conviene tener presentes:


  • En Apolodoro (I 5, 3), el niño Demofonte muere en el fuego tras la intervención de su madre; en el Himno homérico, en cambio, Deméter lo deja en el suelo y el niño simplemente pierde la inmortalidad, pero no muere .

  • La versión siciliana, atestiguada en Diodoro Sículo (V 3-4), localiza el rapto de Perséfone en Sicilia, no en Eleusis ni en la llanura de Nisa .

  • Ovidio reelabora el mito en dos obras y con dos tonos distintos: épico en las Metamorfosis y elegíaco-didáctico en los Fastos, con variaciones en el énfasis y el detalle .


No se sabe con seguridad de dónde viene el nombre de Deméter, ni si la diosa es una herencia indoeuropea, prehelénica o una mezcla de ambas. Tampoco se sabe en qué momento exacto el culto agrario de Eleusis se convirtió en misterio de iniciación.

Cómo la llama el Himno. De hermosa cabellera (ēúkomos), rubia (xanthḗ), la de la espada de oro (chrysáoros), la que trae las estaciones (hōrēphóros), la de espléndidos dones (aglaódōros) y, durante el duelo, la del manto oscuro (kyanópeplos).

Otros nombres. Deo (Δηώ), nombre alternativo que el Himno usa. Ceres, el nombre romano. "Las dos diosas", invocación conjunta de Deméter y Perséfone. Sobrenombres de culto: Tesmófora ("la que da las leyes"), Sito ("la del grano"), Cloe ("la que verdea"), Anesidora, Ctonia, Carpóforo, Erinis y Melena.


II. La leyenda


"A Deméter le prendió en el corazón un dolor agudo. Con sus propias manos se rasgó el tocado que llevaba en el pelo, se arrancó de los hombros el manto oscuro y se lanzó como un ave por tierra firme y por el agua, buscando a su hija."— Himno homérico a Deméter, vv. 90-93 (paráfrasis)

Perséfone cogía flores en un prado blando con las hijas de Océano, lejos de su madre. Había rosas, azafranes, violetas, lirios, jacintos, y un narciso que la Tierra había hecho crecer por voluntad de Zeus. Tenía cien corolas sobre una sola raíz y olía de tal manera que el cielo, la tierra entera y la sal del mar se echaron a reír. La muchacha se asombró y alargó las dos manos para coger aquel juguete hermoso. Entonces la tierra se abrió en la llanura de Nisa y de la grieta salió Hades con sus caballos inmortales. La subió a su carro de oro y, en palabras del Himno, "se la llevó entre lamentos" (v. 20). Ella gritó llamando a su padre, el más alto de los dioses, pero su padre estaba sentado lejos, en un templo, recibiendo ofrendas de los hombres. Había sido él quien la había entregado. Ningún dios ni ningún mortal oyó su voz, ni siquiera los olivos. Solo la oyeron Hécate, desde su cueva, y el Sol.


Mientras pudo ver la tierra, el cielo estrellado, el mar lleno de peces y la luz del sol, Perséfone siguió esperando ver otra vez a su madre, y esa espera, dice el Himno, "seguía hechizando su gran ánimo, aunque estuviera afligida" (v. 37). Cuando dejó de verlos, su voz inmortal hizo resonar las cumbres de los montes y el fondo del mar, y su madre la oyó.


A Deméter le prendió en el corazón un dolor agudo. Con sus propias manos se rasgó el tocado que llevaba en el pelo, se arrancó de los hombros el manto oscuro y se lanzó como un ave por tierra firme y por el agua, buscando a su hija. Nadie quiso decirle la verdad, ni los dioses ni los hombres, y ningún pájaro de agüero le trajo noticias ciertas. Durante nueve días anduvo por la tierra con antorchas encendidas en las manos, sin probar la ambrosía ni el néctar y sin lavarse el cuerpo. Al décimo amanecer le salió al paso Hécate, también con una antorcha, y le dijo que había oído la voz de la muchacha pero no había visto quién se la llevaba. Fueron juntas hasta el Sol, que lo ve todo desde arriba, y el Sol le contó lo que había pasado: Zeus había dado a su hija a Hades, el hermano de ambos, para que fuera su esposa. Le aconsejó que dejara el llanto, porque Hades no era mal yerno y le había tocado en suerte la tercera parte del mundo. Luego azuzó a sus caballos y se fue.


A Deméter le llegó entonces al ánimo un dolor más terrible y más atroz. Se apartó de la asamblea de los dioses y del Olimpo y bajó a las ciudades y a los campos de los hombres, "borrando su forma durante mucho tiempo" (v. 94). Nadie la reconocía. Llegó a Eleusis y se sentó junto al camino, a la sombra de un olivo, al lado del pozo de las Doncellas, donde las mujeres iban a por agua. Tenía el aspecto de una anciana, "apartada ya del parto y de los dones de Afrodita" (vv. 101-102), como las nodrizas de los hijos de los reyes o las despenseras de las casas grandes. Llegaron las cuatro hijas de Celeo con cántaros de bronce, jóvenes como diosas, y tampoco la reconocieron, porque los dioses son difíciles de ver para los mortales. Le preguntaron quién era. Ella mintió. Dijo que se llamaba Doso, que la habían raptado unos piratas en Creta y que se les había escapado en la costa, que no sabía en qué tierra estaba. Pidió trabajo en alguna casa: podía criar a un recién nacido, cuidar la casa, hacer las camas, enseñar a las mujeres sus labores. Calídice, la más hermosa de las hermanas, le habló de su madre, Metanira, que tenía en casa un hijo tardío, muy deseado, y necesitaba quien lo criara.


Cuando Deméter llegó al umbral de aquella casa, su cabeza tocó la viga del techo y la puerta se llenó de un resplandor divino. Metanira sintió respeto y miedo y le ofreció su asiento, pero la diosa no quiso sentarse en el asiento reluciente. Se quedó de pie, callada, con los ojos bajos, hasta que una criada, Yambe, le puso un taburete con un vellón de plata encima. Se sentó con el velo sujeto ante la cara. Estuvo mucho tiempo así, sin hablar, sin saludar a nadie, "sin reír, sin probar comida ni bebida", consumiéndose de añoranza por su hija (vv. 200-201). Yambe empezó a gastarle bromas, muchas, hasta que la diosa sonrió y luego se rió. Metanira le ofreció vino tinto y ella lo rechazó. Pidió harina de cebada mezclada con agua y menta tierna, y eso bebió.


Se quedó a criar al niño, que se llamaba Demofonte. No le daba comida ni pecho. De día lo frotaba con ambrosía y le soplaba encima con su aliento dulce, y de noche lo escondía en el fuego como a un tizón, a escondidas de sus padres. El niño crecía como un dios y ella lo habría hecho inmortal y sin vejez si Metanira no la hubiera espiado una noche desde su cuarto. La madre se golpeó los muslos y gritó que aquella extranjera estaba enterrando a su hijo en el fuego. Deméter sacó al niño de las llamas y lo tiró al suelo, furiosa. "Ignorantes sois los hombres, e insensatos, incapaces de prever el destino que llega, sea bueno o malo" (vv. 256-257). Ahora el niño moriría como todos, aunque conservaría un honor por haber dormido en sus brazos. Nota: en la versión de Apolodoro (I 5, 3), el desenlace es más cruel: Demofonte muere efectivamente consumido por el fuego .


Entonces dijo quién era. Cambió de estatura y de aspecto, "apartando de sí la vejez" (v. 276), la envolvió un olor que despertaba deseo, de su cuerpo salió una luz que se veía de lejos, el pelo rubio le cayó sobre los hombros y la casa se iluminó como si hubiera caído un rayo. Pidió que le levantaran un templo sobre la colina y se marchó. Metanira se quedó sin fuerzas en las rodillas y ni se acordó de recoger a su hijo del suelo. Fueron las hermanas quienes lo cogieron y lo lavaron, y el niño no se calmaba, porque ahora lo tenían en brazos unas nodrizas mucho peores.


Los eleusinos construyeron el templo. Cuando terminaron y cada uno se fue a su casa, Deméter se sentó dentro, lejos de todos los dioses, y allí siguió "consumiéndose de añoranza por su hija" (v. 304). Había apartado de sí la vejez, pero el apagamiento seguía en el mismo sitio. Aquel año fue el más duro que conocieron los hombres. La tierra no dejaba salir ninguna semilla porque ella la escondía. Los bueyes tiraban en vano de los arados curvos y la cebada blanca caía en los surcos para nada. La especie humana habría desaparecido de hambre, y con ella los sacrificios de los dioses, si Zeus no se hubiera dado cuenta. Mandó primero a Iris con sus alas de oro y Deméter no se movió. Después mandó a todos los dioses, uno detrás de otro, con regalos y con los honores que ella quisiera escoger. Ella los rechazó a todos y dijo que no volvería a pisar el Olimpo ni dejaría brotar el fruto de la tierra "hasta ver con sus propios ojos a su hija" (v. 333).


Zeus envió entonces a Hermes al Érebo. Hermes encontró a Hades sentado en su lecho junto a su esposa, que estaba "muy reacia, por la añoranza de su madre" (v. 344). Le transmitió la orden. Hades sonrió con las cejas y obedeció. Le dijo a Perséfone que se fuera con su madre, que no estuviera tan triste, que él no era mal marido y que allí abajo reinaría sobre todo lo que vive y se mueve. Perséfone saltó de alegría. Él, a escondidas, le dio a comer un grano de granada, dulce como la miel, para que no pudiera quedarse para siempre arriba. Hermes tomó las riendas y los caballos cruzaron sin detenerse el mar, los ríos, los valles y las cumbres, cortando el aire.

Cuando Deméter los vio llegar ante el templo, salió corriendo como una ménade que baja por un monte cerrado de bosque. Perséfone saltó del carro y corrió hacia ella y se le echó al cuello. Pero mientras la abrazaba, a la madre le entró en el corazón la sospecha de una trampa. Dejó de acariciarla y le preguntó enseguida: "Hija, ¿no habrás probado algún alimento estando allá abajo? Dilo, no lo ocultes, para que lo sepamos las dos" (vv. 393-394). Si no había comido nada, se quedaría con ella. Si había comido, tendría que bajar cada año durante la tercera parte de las estaciones y volvería cuando la tierra se llenara de flores de primavera. Perséfone se lo contó todo, el grano de granada que le habían metido en la boca a la fuerza y el prado, las compañeras, el narciso que arrancó contenta antes de que la tierra se abriera. Después, "todo aquel día, con el ánimo concorde", se dieron alegría y la recibieron la una de la otra, abrazándose, y el ánimo les descansó de sus penas (vv. 434-437). Llegó Hécate, abrazó muchas veces a la muchacha y desde entonces fue su acompañante.

Zeus mandó a Rea, la madre de Deméter, con el acuerdo: dos partes del año con su madre y una bajo la tierra. Rea bajó del Olimpo a la llanura de Raros, que había sido tierra de cereal y estaba entonces desnuda, sin una hoja, con la cebada blanca escondida dentro. Le pidió a su hija que no siguiera enfadada y que devolviera a los hombres el fruto que les da la vida. Deméter obedeció. La tierra se llenó de hojas y de flores, y en aquella misma llanura, al crecer la primavera, iban a ondear las espigas largas. Antes de volver al Olimpo enseñó sus ritos a los reyes de Eleusis, a Triptólemo, a Diocles, a Eumolpo y a Celeo. Eran ritos que nadie podía transgredir, ni indagar, ni contar, porque un gran temor de los dioses detiene la voz. Durante siglos se celebraron de noche, con antorchas, como las que ella llevó en las manos aquellos nueve días.



III. Nota final sobre las fuentes y su cronología

Fuente

Fecha aproximada

Particularidad relevante

Himno homérico a Deméter

Siglos VII-VI a.C.

Versión más completa; Demofonte no muere, solo pierde la inmortalidad

Apolodoro, Biblioteca I 5

Siglo II d.C.

Demofonte muere en el fuego; añade el episodio de Ascálafo

Diodoro Sículo, Biblioteca histórica V

Siglo I a.C.

Localiza el rapto en Sicilia; Perséfone acompaña a Artemis y Atenea

Ovidio, Metamorfosis V y Fastos IV

Siglo I a.C.-I d.C.

Dos tratamientos distintos del mismo mito, con énfasis y tonos diferentes

Pausanias, Descripción de Grecia

Siglo II d.C.

Recoge versiones arcadias: Deméter Erinis y Melena



La historia que se ha contado aquí es, en su línea principal, la del Himno homérico a Deméter. Pero ninguna versión antigua es "la" versión definitiva: cada autor, cada ciudad y cada época moldearon el mito según sus necesidades. Esa pluralidad es, en sí misma, uno de los datos más sólidos que la filología clásica puede ofrecer.



 
 
 

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